GADRIANA
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Y EL VIAJE HACIA EL AMOR PROPIO
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pesar de mis miedos y prejuicios siempre anhelé ser una mujer lo suficientemente segura de sí misma para llevar un traje de baño o bikini sin importar que la señalen. La sociedad y mi entorno se habían encargado de hacerme creer que, si quería lucir un traje de baño tenía que tener un cuerpo “perfecto”, es decir, un estómago plano, sin rollitos en la espalda y piernas tonificadas sin cicatrices. El estereotipo de belleza que vamos arrastrando desde finales de los 80’s y que poco ha cambiado desde entonces.

Crecí en un pueblo muy pequeño, donde todos conocen a todos, donde los prejuicios y la habladuría están a la orden del día y sobre todo donde es imposible pasar-desapercibida. A la edad de 7 años, comencé a escuchar algunos comentarios referentes a mi figura: “Moni está muy gordita”, “Moni es la única gordita de tu familia”, “¿por qué Moni está tan gordita?”; ¡Gordita, gordita, gordita! Los escuché tantas veces que me hizo cuestionarme: ¿por qué es tan malo ser gordita?

Yo me sentía feliz tal y como era. Era igual que los demás y sí, era verdad que contaba con más carne que otros, pero al final no me sentía diferente. Afortunadamente, a la edad de 7 años uno no tiene conciencia de las secuelas que este tipo de comentarios pueden dejar; yo seguí siendo una niña feliz, con la única diferencia de que ahora me había dado a la tarea de encontrar respuestas a mi pregunta.

“Comencé a creer que, para ser feliz y para que alguien algún día me quisiera, tenía que cambiar mi aspecto físico.‟

Observando a mi alrededor encontré que sí, la obesidad era un problema que podía causar múltiples daños a mi salud, y el problema de la sociedad con la obesidad estaba lejos de ser por salud, sino por una cuestión estética. A la sociedad le preocupa que la obesidad no es agradable y se considera fea, mientras que disminuimos las repercusiones de salud que conlleva. Poco a poco e inconscientemente fui internalizando estos estándares de belleza.

Estándares con los que ni siquiera me podía sentir identificada, mucho menos aceptada. Un día, mientras me miraba en el reflejo del espejo noté la gravedad de estos estándares. Empecé a detestar a la persona del espejo. Entre más crecía, más se agrandaban mis prejuicios e inseguridades, y más se achicaba mi autoestima.

Comencé a creer que, para ser feliz y para que alguien algún día me quisiera, tenía que cambiar mi aspecto físico. Caí en la necesidad de querer perder peso, pero no por mi salud, eso era lo de menos. Esa necesidad que sentía por perder peso era completamente vana y con el único afán de sentirme querida por alguien más, menos por mí. 

A finales del año pasado y después de múltiples intentos de dietas y ejercicios fallidos, me sentí demasiado sola. Estaba cansada de querer hacer cambios físicos por pura vanidad, quería algo diferente. Ya había escuchado sobre el amor propio y sentía la necesidad de querer descubrir ese sentimiento, pero ¿cómo? Si detestaba cada rollo de mi cuerpo, cada estría y cada mancha causada por mi sobrepeso, lo odiaba todo.

El año estaba por terminar y por primera vez en mucho tiempo no quería comenzar el año nuevo con la misma resolución de siempre: perder peso. Fue entonces que me propuse leer un libro cada mes del año. Sentía unas ganas enormes de descubrir el significado del amor propio y sabía que los libros serian un buen punto de partida. Hoy, 7 libros* después, me armé de valor y decidí que no más…

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No más de privarme esas enormes ganas de usar un traje de baño este verano. No más someterme a dietas ridículas y rutinas de ejercicio excesivas solo para adquirir el cuerpo ideal y así agradar a otros. Decidí que no iba dejar que la sociedad menospreciara mi figura solo porque no tengo un estómago plano y piernas tonificadas como las que se ven en Instagram. Poco a poco he aprendido a amar y aceptar mi cuerpo tal y como es. Cabe recalcar que aceptar mi cuerpo va más allá de llevar un traje de baño con mucha seguridad. El proceso de la aceptación hacia mi cuerpo ha sido desde mi interior hacia afuera.

Lo entendí cuando me di cuenta que la sociedad no era más que mi propia interpretación y entendimiento de aquellas cosas que me dañaban. Como cuando veía una imagen de una modelo o una influencer delgada con un vestido hermoso que acentuaba su figura, mi cabeza instantáneamente ya me había convencido de que a mí no me luciría en lo absoluto, sin hacer siquiera el intento de entrar a la tienda y probármelo. Aún peor, cuando me volví ese monstruo lleno de prejuicios, criticando a las chicas de talla grande porque tenían el valor y la autoestima de vestir lo que querían. Al final, entendí que yo era mi peor crítica y mi peor enemiga. Era una chica más con prejuicios tóxicos que se lastiman a sí mismas y a quienes la rodean, por no aceptarse y por siempre querer agradar a todos menos a ella.

Me di cuenta de que, al igual que yo lo hice en muchas ocasiones, cuando criticamos a una persona por su figura o por cualquier otro aspecto es porque envidiamos la seguridad que carecemos. Entonces, comencemos por aceptarnos tal y como somos. Salgamos a la calle vistiendo lo que queramos, irradiemos seguridad, démonos un comentario positivo entre nosotras y no permitamos que la sociedad nos contagie de sus prejuicios y destroce lo más importante que tenemos como mujeres: apoyo y respeto mutuo.

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  1. Quiero comentar para compartir mi experiencia pues este tema de la obesidad y/o sobrepeso y el “body positivity” siempre me ha causado conflicto.

    Yo también soy de esas mujeres que fue maldita con un metabolismo lento y genes gordos. En mi infancia, adolescencia y juventud siempre tuve un peso normal, ni muy delgada ni gorda, y aunque tuve complejos por no ser esquelética como las modelos un día simplemente acepté que no era mi genética, que mi cuerpo estaba bien y que nunca jamás me iba a preocupar por lo que dirían los demás o me iba a comparar con otras chicas.

    Después de los 25 las cosas cambiaron. Empecé a trabajar doble turno, mis problemas de ansiedad se exacerbaron, pasaba largas horas de ayuno seguidas por atracones porque siempre me estaba muriendo de hambre. Por supuesto jamás tenía tiempo para hacer ejercicio y en tres años, sin darme cuenta había subido casi treinta kilos, llegando a los, oh sorpresa, 89 kilos.

    Como me había librado de complejos, mi figura realmente no se había deformado y la gente a mi alrededor me aceptaba perfectamente jamás tuve un gran problema al respecto, obviamente lo era porque la ropa ya no me quedaba, se me complicaba caminar rápido, subir escaleras, me cansaba al mínimo esfuerzo y me sentía cansada y acalorada todo el tiempo. Pero igual… me decía… ya bajaré de peso después… después… después. Yo me sentía linda, así que después nunca llegaba.

    Y un día la vida me golpeó pero de la manera más horrible que me pudiera haber imaginado. Mi sobrepeso me había provocado un problema en el corazón y estaba en urgencias en el hospital.

    A los 28 años.

    Luego siguieron consultas con médicos, cardiólogos, psicólogos y nutriólogos. Y todos me dijeron lo mismo (de manera suave): tú lo provocaste. Entonces yo no podía con la culpabilidad, ¿cómo pude hacerme esto? Mi salud se quebró de repente, yo constantemente me hacía estudios para saber cómo estaba y jamás recibí una alerta roja, pero la mayor alerta era la que veía frente al espejo y a la que jamás puse atención.

    Meses después empecé a trabajar en un hospital y me da escalofríos cómo ingresan pacientes de 31 años con diabetes e hipertensión. Recién antier falleció uno de 36 años por un infarto, diabético, hipertenso y obeso.

    Poco a poco voy perdiendo el peso que gané y recuperando mi salud, rogando porque lo que me provoqué sea reversible (mis doctores son muy optimistas), y ahora veo a la gente con sobrepeso y obesidad no solo como “gorditos” si no como bombas de tiempo. Me dan ganas de acercarme a ellos y decirles oye, yo estaba así, soy joven y mira lo que me pasó.

    Sólo quería compartir mi experiencia, repito, porque he leído tantas opiniones sobre el tema que no me puedo hacer una. Entre las blogger gordas, la ropa plus de forever 2, la aceptación y lo que dicen los doctores en mi trabajo y lo que he vivido, no sabría qué decir si me piden opinión. Solo puedo hablar de lo que me pasó, que tampoco quiere decir que le vaya a pasar a todos.

    Saludos!

    1. La experiencia que compartiste es muy similar a la mía.
      Pronto cumplo 28 años, y he subido poco más de 20kg desde que comencé a trabajar como auxiliar administrativo hace 4 años. El estrés y las malpasadas en este empleo son constantes, así que aparte del sobrepeso me está generando una ansiedad insoportable.
      Como mencionas, uno no se siente mal al principio, piensas que va a ser sencillo deshacerte de esos kilos extras… es más fácil decirlo que hacerlo. Pero ya no me queda otra opción: llevo dos meses con dolores horribles en mi espalda baja. No hay día que no llegue a mi cama, a intentar conciliar el sueño tolerando como pueda el dolor. Ni pensar en darme la vuelta sin que un alfilerazo de dolor me recorra la columna entera.
      Tengo casi 28 años y camino como una persona de 80+. Es ridículo.
      Leyendo el artículo de Moni, siento que es bueno aceptar que por mi constitución corporal y genética jamás voy a pesar 50kg y que eso está bien; pero leyendo tu experiencia, Nubya, me haces reflexionar en que debo esforzarme, y que esto debo hacerlo por salud. Que no está bien lo que me estoy haciendo, y parte de la solución al problema está en nosotras mismas.

      Gracias por compartir.
      Saludos y un abrazo grande.

  2. Me encanto el articulo de la obesidad y de la falta de aceptación a eso, lo digo porque yo sufro mucho por esa situación. Gracias por compartir estas reflexiones que de seguro me van ayudar mucho, Monica. FELICIDADES POR SER COMO ERES.