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Lidiando con la Arrogancia


IN LIFE  / 

CUANDO LA IGNORANCIA ESTÁ SOBRE LA MESA

Ignoro si la situación actual en la que estoy ha propiciado mi encuentro con personas que me han hecho reflexionar y pensar en escribir este post durante varias semanas. Pensaba en las cuestiones culturales, mi educación en México y cómo podría diferenciarse de la que se da en Europa. Después de pensar y pensar (y pensar y pensar más), llegué a una idea universal muy lógica e incuestionable: en todos lados nos encontraremos con personas arrogantes.

Tu condición social, económica o física no importa; lo que marca la diferencia es la ignorancia. El empresario Jim Rohn dijo una vez:

“La peor arrogancia es aquella producto de la ignorancia”

Una ignorancia probablemente fruto de pasar la mayor parte de su vida lejos de empatizar con extraños, de años de anteponer sus propias ideas a las de otros y de nunca autocuestionarse la posición social privilegiada con la que han contado y por qué. Es decir, una ignorancia que se puede evitar bajo un muy necesario autoanálisis personal. Milan Kundera lo condena:

“Las personas tienen la obligación de saber. Las personas son responsables de su ignorancia. La ignorancia es culpable”.

He de decir que últimamente me he topado con un puñado considerable. Primero en amigos de amigos que se sienten con la libertad suficiente para preguntar por mi salario en plena cena después de habernos conocido hace quince minutos (y peor aún, sin una sola copa de vino en nuestro sistema); en el ámbito laboral con personas que, contradictoriamente, no preguntan nada ni sienten el mínimo interés en entablar la más básica de las conversaciones, y por bloggers que después de quedar bajo su invitación a tomar un café, han decidido que mis años de experiencia son un trampolín para su éxito único y exclusivo.

No culpo a ninguno, creo que la arrogancia es muchas veces ignorada por quienes la practican de forma inadvertida, y todos hemos estado ahí.

UN MUST DE LECTURA:
LA IGNORANCIA POR MILAN KUNDERA

Reír, dar la vuelta y seguir con mi vida solía ser suficiente para que estas experiencias no entorpecieran mi día a día, pero girar ciento ochenta grados ya no es suficiente cuando te topas frecuentemente con actitudes que se merecen al menos dos reacciones: un “¿es esto real?”, seguido por un “voy a construir un muro imaginario alrededor tuyo”. Y tal vez ahí se construye nuestra propia ignorancia y el núcleo del problema: no entablar una discusión que de lugar al aprendizaje y a simpatizar con los demás, no trabajar en mejorar nuestra habilidad para escuchar y hablar sin lastimar a los demás, y esperar que solo ignorando estas actitudes nuestra vida mejore de alguna forma (mágica o celestial, porque terrenalmente no se puede).

Muchas veces por pereza mental, poco interés de nuestra parte o después del día más largo de nuestras vidas, cedemos ante la arrogancia de terceros y la propia. Al fin y al cabo, ¿volverás a ver a esa persona alguna vez en tu vida? Si la respuesta es no, tal vez nada de esto valga la pena y la solución más rápida y elegante en la que puedo pensar es que pidas la cuenta, pagues y te despidas cordialmente. La incomodidad no se puede evitar pero tu integridad seguirá intacta, y sí, hay muchas cosas en la vida que se permiten ignorar, pero la integridad propia no es una de ellas.

Si nada de esto sirve, siempre existe el humor en un ambiente acogedor (por ejemplo, con amigos cercanos o familia) como mecanismo para aliviar tu salud mental. No sirve a largo plazo, pero tendrás buenas historias para contar.

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  2. Realmente me ha encantado este post, considero que es un tema que puede parecernos ajeno, sin embargo esta presente en muchos ámbitos, como lo mencionas sin distinguir entre las clase sociales, o el lugar de trabajo, e inclusive esta presente en muchas de nuestras acciones cotidianas, lo peligroso de la arrogancia es que se convierte en algo normal llevándonos en retroceso como sociedad.