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¿Cuántas de nosotras crecimos viendo cómo las hermanastras de Cenicienta hacían hasta lo imposible por impedir que obtuviera su final feliz? La Cenicienta fue una de mis películas favoritas de la infancia, la miré cientos de veces pero nunca había llegado a pensar en el mensaje que ésta, inconscientemente, me estaba trasmitiendo: rivalidad, venganza, sabotaje a nuestro género– y aplicándose entre nosotras mismas. Desde muy pequeñas estas historias nos enseñaron que, para lograr nuestras metas fuera y dentro del campo laboral, teníamos que hacer todo lo necesario para conseguirlas sin importar a quienes pudiéramos lastimar en el proceso.

En la actualidad, y gracias al movimiento feminista, es casi imposible pensar que aún exista la rivalidad en el género femenino. La realidad es que, en efecto, aún existe y una gran cantidad de mujeres viven una vida a la defensiva; compitiendo, comparándose y debilitándose la una a la otra. No es de extrañar, pues vivimos en una cultura que en lugar de enseñarnos a trabajar en equipo nos enseña a competir entre nosotras.

En todas las plataformas, desde series televisivas, películas, revistas (¿quién es la mejor y peor vestida? ¿quién llevó mejor el mismo vestido?) y hasta en la escuela nos hacen creer que las mujeres somos nuestras peores enemigas y, como dijo Joseph Goebbels: “Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”. Generación tras generación hemos integrado este auto-sabotaje de género como una verdad absoluta y hemos terminado por aceptar que actuar de forma injusta con las mujeres que nos rodean es aceptable cuando nos encontramos en nuestro punto más débil.

Uno de estos puntos débiles, y quizá el más común, es el sentimiento de envidia. No podemos negar que más de una -si no es que todas- lo hemos sentido en más de una ocasión. La envidia nace principalmente por la falta de confianza en nosotras mismas, se desplaza por dentro como un efecto domino llevándonos a sentir recelo y frustración, pues tememos que, si sinceramos nuestros anhelos, otra podrá obtener todo lo que deseamos. De esta forma y, muchas veces hasta inconscientemente, nos negamos la disponibilidad de alcanzar lo que deseamos para nuestra vida al negárselo a otras.

Por otro lado, la competencia entre mujeres suele ser vista como sinónimo de rivalidad tóxica, pero no siempre lo es. También competimos y no siempre con el fin de vernos superiores a otras sino, para diferenciarnos; esta, creo yo, es la razón más saludable de rivalidad entre el género femenino pues nos ayuda a auto-evaluarnos como individuos. Claro, la rivalidad se torna tóxica una vez que actuamos encubiertamente; cuando hablamos a espaldas de otra mujer con el único propósito de debilitar y desprestigiar su éxito. En el ámbito profesional es muy común que exista este tipo de rivalidad, pues las posiciones de alto rango entre mujeres son muy escasas, desembocando sentimientos negativos entre las presentes y creando un ambiente de hostilidad dentro del sitio de trabajo. Para prevenir este tipo de inconvenientes algunas empresas optan porque la mayoría de sus empleados sean hombres, provocando así una escasez de mujeres en posiciones de alto rango. Esto, al final del día, nos afecta a todas las mujeres que buscamos sobresalir y crecer en nuestro empleo.

Hemos terminado por aceptar que actuar de forma injusta con las mujeres que nos rodean es aceptable cuando nos encontramos en nuestro punto más débil.  

Es verdad que vivimos en una sociedad que está constantemente enfrentándonos y en donde es imposible no competir, pero si en vez de competir para disminuirnos la una a la otra compitiéramos para elevarnos entre sí, definitivamente nos encontraríamos con más oportunidades para cada una. Tal vez lo más importante como feministas sea darnos cuenta que, si en lugar de crear una agotadora competición para disminuir nuestros roles en la sociedad, nos impulsáramos unas a las otras y que cuando rivalizamos con otra mujer en realidad lo hacemos por un reflejo de lo que pensamos acerca de nosotras mismas, es decir, cuando envidiamos a una mujer por su seguridad es muy probable que sea porque nos sentimos inferiores a ella y sentimos la necesidad de apagar su brillo.

Nos hace falta aprender a reconocer estos sentimientos negativos, indagar en el por qué y después actuar con mucha madurez a la hora de ir en la búsqueda de nuestros sueños, para así evitar lastimar y marchitar a el futuro de nuestro género en el proceso hacia nuestra propia auto-realización.

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