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Las formas y volúmenes que aparecen en lo que vestimos hoy en día no son fruto de la casualidad. Son el resultado, aún hoy en cambio constante, de transformaciones culturales, plot twists históricos y aparición de necesidades y nuevos conceptos que ofrecían un mayor protagonismo a la mujer, y que poco a poco, fueron plasmándose en nuestra forma de vestir y en cómo llenamos nuestro fondo de armario.

Tal y como en el campo de la arquitectura denominamos estructura al sistema esencial que soporta pesos para equilibrar volúmenes y definir un edificio; cuando hablamos de diseño de moda, esta estructura se traduce en la aparición de pinzas, entretelados, hombreras, botones y ojales, entre otros.

Al igual que el principio del siglo XX supuso una revolución y un giro en las convenciones en aspectos logísticos, empresariales o de diseño, poco tiempo después, se obtuvo una respuesta por parte de movimientos como el surgido en la Escuela de la Bauhaus alemana, buscando recuperar modos de trabajar más tradicionales y basados en la artesanía. Los cambios constantes de estética y aspectos que nos podrían parecer superfluos en comparación con grandes transformaciones políticas, están importantemente ligados a los cambios culturales, sociales y económicos y en cada una de las épocas han ido trasladándose a la percepción de la mujer.

Este cambio cultural se plasmó también en un cambio de paradigma en lo que a la percepción de la mujer y la feminidad se refería. Entonces, ¿se podría decir que hay una forma de estructurar la silueta a través de hitos contemporáneos, tal y como la aparición del hormigón armado revolucionó la construcción de bóvedas y cáscaras estructurales a principios de 1900?

left – Gauchere Spring 2019
right – World Tride Center, NY
by Amanda Ramón

En menos de 100 años de historia, pasamos de llevar corsés y miriñaques, enaguas y elementos variados que posiblemente, dificultaban no sólo un movimiento fluido si no que también cambiaban la percepción del cuerpo. En 1917, Cristóbal Balenciaga abría su primer taller en la ciudad de San Sebastián y con él, otros muchos pioneros alrededor del mundo occidental estaban dispuestos a cambiar y revolucionar el diseño de moda tal y como se conocía entonces. Tanto, que aquéllas formas que abogaban por la sencillez, por aberturas limpias en cuellos y mangas, tejidos utilizados hasta entonces para otros usos como la sarga o el punto se incorporaron poco a poco, y no nos han abandonado hasta el día de hoy.

Al igual que en las épocas de conflictos bélicos la difícil situación socioeconómica se traducía en construcciones sencillas y poco ostentosas, intentando siempre obtener el máximo rendimiento de los pocos materiales disponibles; la introducción de la mujer en el mundo laboral durante estos años inspiró siluetas más holgadas que permitían el libre movimiento y que después, volvió a ceñirse en cinturas pequeñas a partir de los años 50, cuando la economía mundial volvió a tomar cierta estabilidad.

Después, la silueta de la mujer fue virando hacia lo rompedor y la androginia: la indeterminación de las chaquetas de hombreras anchas pero ceñidas a la cintura de finales de los 70 hasta mediados de la década de los 80; los vaqueros y sudaderas masculinas trasladadas a looks con mallas de lycra y medias de rejilla que acentuaron el cuerpo femenino de 1990. Así, hasta el día de hoy, donde las maneras de entender la moda femenina se han ido mezclando hasta convertir nuestra forma de vestir en una especie de cóctel ecléctico, tomando elementos de unas épocas y de otras lo que más nos conviene, sin un criterio demasiado claro.

Entonces, ¿cómo podemos definir la silueta contemporánea? Creo que, a pesar de existir muchas opiniones al respecto, podríamos definirla como:

 

el resultado de una evolución constante de prendas que abrazan la figura y nos acompañan en todas las actividades del día a día.

 

Siluetas con formas y volúmenes muy definidos, incluso estrictos (si pensamos, por ejemplo, en un blazer estructurado con escote de pico y cintura marcada) que permiten intuir el cuerpo, y cubrir y descubrir aquello que se desee. La contemporaneidad queda plasmada en la caída y peso de los materiales, la definición y ajuste al cuerpo, y la libertad de movimiento sin demasiadas restricciones.

left – Givenchy Spring 2019
right – Central Station, Rotterdam
by Amanda Ramón
center – Loewe fall 2017
background – Gaudí’s Chimney,
Barcelona, by Rachel Gumm

Lo que deberíamos preguntarnos es cómo esta forma de ver lo que vestimos seguirá evolucionando, girará hacia direcciones inesperadas o se mantendrá más o menos estática, tal y como ha sucedido desde hace décadas. Si en algún momento obtendrá un mayor protagonismo en nuestra forma de entender cómo nos desenvolvemos en nuestra vida cotidiana gracias a lo que vestimos, o si en cambio, se trata únicamente de elementos superfluos, sin demasiada importancia.

Entonces, en lo que respecta a la moda y la silueta femenina, ¿hemos adquirido, una vez más, una visión propia de tiempos más relacionados con el conflicto o, en cambio, estamos más cercanas a una ostentosidad propia de los momentos estables que vivimos en la actualidad? Quizá, la única forma de entenderlo sea asumir que vivir en tiempo de cambio implica dinámicas sorprendentes, contraposición entre lo clásico y el exceso, gusto por los golpes de efecto y fuertes contrastes llevados a nuestra forma de vestir.

La moda actualmente vive tiempos confusos, casi barrocos.

top – Mies van der Rohe pavilion,
Barcelona, by Jorge Mercado

bottom – Haider Anckermann Spring 2018

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